Tengo ganas de perderme, entre
la desnudez del verano y el calor de dos cuerpos en invierno; de caer al vacío
a doscientos km por hora, sin saber dónde voy a aterrizar ; de respirar entre
tus brazos, y que bailemos descalzos; ganas de vivir hasta caer rendidos del
cansancio.
Y tratar de congelar aquellos momentos en que
se me erizaba la piel, como cuando el mar acariciaba tu cintura, esa que me
mata con su vaivén. Como cuando venías suplicando con la mirada, que el mundo
nos esperase dormido, a que se nos acabaran las ganas de amarnos, aquella noche
de verano. Aquella noche en que no faltaron besos, ni tampoco abrazos, pero el
tiempo corría demasiado rápido, y nosotros no teníamos ganas de alcanzarlo,
queríamos caminar sin prisa, saboreando despacio la melodía de unos labios.
Tengo ganas de que llegue el otoño, y fundirme
entre las hojas secas, y el aroma a mandarina incrustado en cada esquina.
Sabanas de azúcar entrelazando el mapa de tu cuerpo, en un tarde cualquiera, de
las muchas que quiero enamorarte. Y entonces que llegue el invierno, y escondas
la sonrisa que me mata tras esa bufanda roja, y después la primavera, y el
verano de nuevo, y que siga, si quiere, que no se detenga el recorrido. Pero
que tú no te vayas, que la distancia entre tu boca y la mía, siga siendo la
misma.
Terapia en verso.
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